Te voy a contar algo que la Nuria del pasado no se atrevería a decir.
Tengo 50 años, soy madre de dos hijos y durante mucho tiempo fui la mujer que sostenía todo lo de fuera mientras se me derrumbaba lo de dentro, ¿te pasa?
Mi familia estaba bien.
Pero yo tenía algo dentro que no me dejaba ser feliz del todo.
Lo primero que probé fue el macramé y no estaba mal, a la gente le gustaba, me felicitaban… Pero yo me acostaba cada noche sabiendo que estaba dando la mitad.
Y mira, hay pocas cosas peores que eso. Saber que dentro de ti hay más de lo que estás sacando, que tu potencial se está quedando en el cajón mientras haces nudos con cuerdas —y ojo, no porque la cuerda sea mala, entiéndeme— sino porque yo no me sentía plena con simples cuerdas.
Un día lo decidí, sin saber por qué y sin tener ni idea.
Voy a hacer bolsos.
Y bolsos con piedras de cristal.
Con mis manos, por supuesto.
Con el primero tardé más de dos meses, dos meses de frustración pura. De empezar, destrozar todo lo que llevaba y empezar otra vez. De mirar los cristales a las once de la noche pensando "esto no queda como yo lo veo en mi cabeza".
El primero lo hice para mí, sin intención de vender nada porque fue para algo más importante: cerrarle la boca a la voz que llevaba años diciéndome que quién era yo para hacer algo así.
· · ·Hubo dudas, claro que las hubo: ¿Quién te crees? ¿Quién va a pagar por eso? ¿No era más fácil seguir con lo de antes?
Y siempre hacía lo mismo. Me imaginaba a una mujer llevando ese bolso, los cristales con el sol, su cara al verse distinta… No por el bolso. Verse distinta por haber elegido algo que nadie más en el mundo tiene.
Y seguía. Porque no te miento cuando te digo que estas piezas te hacen ver distinta. Es algo que sientes cuando tienes algo a este nivel de personalización.
Cuando llevas algo que solo existe para ti —que alguien ha hecho cristal a cristal pensando en que tú no te mereces menos que algo único— tu autoestima cambia. Tu forma de entrar a un sitio cambia. Lo que proyectas cambia.
Y yo lo veo. Lo veo cada vez que una clienta me manda una foto. Eso es lo que me llena de verdad, siento que por fin estoy dando al mundo lo que siempre tuve dentro y no sabía cómo sacar.
Todo lo que está industrializado fue antes artesanal. Yo he decidido no dar nunca ese paso, porque tú no te mereces un bolso que también tiene otra.
Somos únicas y merecemos algo que también lo sea.